jueves, 19 de septiembre de 2013

"La verdad no es más que la expresión dolorosa del corazón."

Se nos escapa el verano. Barcelona nos envía señales de aviso día sí día también- estas intermitentes semanas que alternan lluvia con sol propio de agosto- preparándonos para este otoño que, en el momento más inesperado, nos pillará todavía en sandalias y vestidos vaporosos.

Es por eso que, en una posición de nostalgia y rebelión, en lugar de reseñar algunos de los elementos de la rentrée literaria (hay muchos y muy interesantes), he decidido volver la vista atrás. Y hablar del libro que, puedo decir sin temor a represalias, se ha ganado a pulso el título de "libro del verano".  La verdad sobre el caso Harry Quebert. Recuerdo perfectamente cómo hace unos cuantos veranos, fueras donde fueras había alguien leyendo uno de los enormes tomos de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. En la piscina del lugar dónde veraneo no había madre, padre o adolescente que no lo leyera. En el metro los libros de la historia sobre Lisbeth Salander estaban en todas partes. Si uno le sumaba a la trepidante trama la historia de la súbita muerte de su autor, que jamás llegó a ver el éxito de sus novelas, se encontraba con la perfecta combinación de lectura de verano- larga, entretenida, amena y absolutamente comentable.

A pesar de (o gracias a) sus más de 600 páginas, La verdad sobre el caso Harry Quebert estaba también en todas las piscinas, trenes y playas. Su jovencísimo escritor, Joël Dicker (28 años), no da abasto retwiteando y respondiendo a sus fans esparcidos por el mundo. 

No es casualidad. A primera vista, la novela podría parecer un thriller convencional. Algo largo, quizás, pero sin demasiada complejidad fuera del misterio a resolver. Marcus, un joven escritor, se encuentra en situación de pánico a la hoja en blanco. Tras el éxito descomunal de su primera novela, se siente incapaz de escribir otra. Mientras, su editor, su agente y las fechas de entrega le instan a que la termine ya. Es así que decide recurrir a su antiguo mentor y maestro, Harry Quebert, en busca de ayuda e inspiración. 
Al poco tiempo, se descubre en el jardín de éste el cadáver de Nola, una joven desaparecida muchos años atrás, causando un escándalo y espectáculo nacional. Harry es arrestado y encarcelado como principal sospechoso. Marcus, en un intento de ayudar y devolver el prestigio al escritor y profesor que tanto le guió en sus años universitarios, se traslada al pequeño pueblo de Aurora con la determinación de descubrir la Verdad sobre lo que ocurrió.

Pero pronto descubrirá que la búsqueda de la Verdad es en la mayoría de los casos dolorosa,  y paulatinamente se encontrará en un doble proceso- la búsqueda de sí mismo y la de los hechos que han marcado la vida de Harry, a quién Marcus creía conocer bien. 

La verdad sobre el caso Harry Quebert es mucho más que un libro sobre un crimen- búsqueda- resolución. Es, ante todo, un elogio al amor, en todas sus vertientes, y en muchas ocasiones lacerante. La amistad de Marcus y Harry, el pasado de ambos, la relación de Harry con Nola, de Harry con sus cohabitantes y el retrato de una sociedad de pequeño pueblo estadounidense. Todas estas relaciones humanas terminan reflejadas en un tipo amor que constituye una piedra angular de la novela: el amor a los libros.

"Si los escritores son seres tan frágiles, Marcus, es porque pueden conocer dos clases de dolor afectivo, es decir, el doble que los seres humanos normales: las penas de amor y las penas de libro. Escribir un libro es como amar a alguien: puede ser muy doloroso."

Pero Dicker no se contenta con mostrarnos la vida de un protagonista movida por la escritura y los libros, sino que construye también un metalibro. La verdad sobre el caso Harry Quebert es un libro sobre cómo escribir libros. Describe el mundo de los grandes grupos editoriales, la presión comercial y el mercado. Crea una metáfora sobre el proceso creativo. 

La portada de la novela (publicada en español por Alfaguara), con un cuadro de Hopper en ella, ya invita a cogerla y empezarla (me horrorizó descubrir que en la edición portuguesa han sustituido la pintura por una foto de dos personas que elimina todo espacio a la imaginación sobre los personajes) pero al terminarla una parte del lector se queda en Aurora con la historia de Harry. Así ha sido para mí "el libro del verano", cuya lectura recomiendo en cualquier estación del año.

miércoles, 31 de julio de 2013

Nubes de verano

Hoy empiezan mis vacaciones. Se presentan ante mí 20 días con sus respectivas noches en los cuales- en el imaginario vacacional- no tendré ninguna angustia, responsabilidad mayor, o preocupación que me altere, más que la de organizar mi tiempo de manera que el resultado sea con el que llevamos soñando todo el año, el de "pegarte el verano de tu vida".

Hay quienes aspiran a pasar sus vacaciones sumidos en la inactividad absoluta. Comer, dormir, tomar el sol. Es una decisión más que respetable y supongo que en muchos casos razonable. A mí me gusta la pasividad, pero unos días. Mirando mi calendario de verano, me di cuenta de que tengo un pavor absoluto al tedio. Temo que los días pasen sin que me dé cuenta mientras duermo en una tumbona, y que de repente ya esté de vuelta en Barcelona. Necesito actividad. No necesariamente física, de movilidad, pero sí, de algún modo, intelectual y social.

Si voy a estarme cinco días (como es el caso) en una preciosa casa de verano sin más misión en la vida que la de acumular calorías y melanina, me encuentro llenando la maleta con más libros, libretas y apuntes de los que soy capaz de leer en un mes (aunque debo confesar que siempre que salgo de casa llevo conmigo más libros de los que racionalmente podré acabarme en el tiempo que paso fuera).

Pero en cualquier caso, mi imperante necesidad de actividad de alguna clase y uno de los libros que ésta me ha arrastrado a leer el último mes (High Fidelity, de Nick Hornby) me recordaron a uno de esos famosos discursos de apertura o graduación de alguna buena universidad americana.

El poeta (y ganador del premio Nobel) Joseph Brodsky, cuando corría el año 1989 cerró una ceremonia de graduación con un speech cuya transcripción hoy conocemos bajo el título de En alabanza del aburrimiento. En él, hace una reflexión acerca de los años que acechan al recién graduado, de "la vida real". De cómo el aburrimiento, el tedio, es el peor de nuestros enemigos. De cómo un día desperateremos cansados de nuestra casa, nuestra familia, nuestros libros y nuestros amigos y, por más que los cambiemos, el aburrimiento estará siempre esperando a la vuelta de la esquina, dispuesto a abatirse de nuevo sobre nosotros.

Brodsky cree que como acertadamente dijo Robert Frost, "la mejor manera de salir es siempre atravesar". Su consejo para combatir este temor ancestral al aburrimiento es el siguiente: "Cuando el aburrimiento los golpee, entréguense a él. Que los aplaste, que los sumerja, toquen fondo. En general, con las cosas desagradables, la regla es: mientras más pronto toquen fondo más pronto volverán a flotar."

Así como Rob, el protagonista de High Fidelity, en un momento dado de su trentena se da cuenta de la importancia de la actividad, en el sentido más amplio, yo mientras subrayo las frases que Nick Hornby pone en boca de su peculiar antihéroe mientras lleno de libros bolsos y maletas.
"It's only beginning to occur to me that it's important to have something going on somewhere, at work or at home, otherwise you're just clinging on. [...] You need as much ballast as possible to stop you floating away; you need people around you, things going on, otherwise life is like some film where the money ran out, and there are no sets, or locations, or supporting actors, and it's just one guy and his own staring into the camera with nothing to do and nobody to speak to, and who'd believe in this character then? I've got to get more stuff, more clutter, more detail in here, because at the moment I'm in danger of falling off the edge."

Brodsky considera que el aburrimiento es la más clara expresión de nuestra pequeñez en el espacio y el tiempo, que 
"Para decirlo de alguna manera, el aburrimiento es nuestra ventana sobre el tiempo, sobre esas propiedades suyas que uno tiende a ignorar con peligro probable del propio equilibrio mental. En suma, es nuestra ventana sobre la infinitud del tiempo, es decir, sobre nuestra insignificancia en él."

Sean de los que se enfrentan al aburrimiento con un verano rebosante de actividades o de los que prefieren apoltronarse en toallas, hamacas y sillones, no dejen de leer el texto completo aquí.

Buen verano y mejores lecturas.







lunes, 15 de julio de 2013

Por la autopista de la nostalgia

"Enric González amó Londres mucho antes de conocerla. (...)Este libro es una guía personal para descubrir el espíritu londinense." 

A raíz de la publicación en Jot Down Books de su último libro, Memorias líquidas, supe de las Historias de Enric Gonzalez. Corresponsal en distintas partes del globo para el diario El País, compiló en cuatro tomos una síntesis entre el amor que sintió por las ciudades que habitó y las experiencias allí vividas. Así nacieron Historias del calcio (una crónica de Italia a través del fútbol), Historias de Nueva York, Historias de Roma e Historias de Londres, agrupadas las tres últimas en Todas las historias y un epílogo.

Historias de Londres encarna el ideal de ensayo que todo estudiante desearía leer. Narrado a partir de anécdotas particulares, logra cautivar con una delicadamente irónica prosa, que sintoniza perfectamente con el alma de la ciudad que describe. Está divida en partes correspondientes al mapa de Londres central: el oeste, el centro y el este, subcapituladas cada una de ellas con acertados e ingeniosos títulos.
La lectura del libro va más allá de puro recreo: despierta en el lector el interés por saber- investigar sobre los hechos políticos e históricos que se mencionan, rememorar ciertas calles o edificios, asombrarse ante datos relativos a lugares sobre los que uno creería saber todo.

Empecé a leer las escasas doscientas páginas del libro de González a mi vuelta de Londres. Un amigo se sorprendió de que no las hubiera leído antes o durante mi estancia en la capital inglesa. Fueran los que fueran los motivos que me llevaron a posponer la lectura (sin duda nada premeditados y más bien fruto de la acumulación de muchas otras lecturas pendientes), son de agradecer. 
En esta brillante recreación visual e histórica de Londres, he vuelto a estar ahí durante dos tardes. He sonreído, cómplice al leer de los sitios que yo también habité y frecuenté, y agradablemente he sido sorprendida con alguna que otra historia desconocida para mí de sitios muy familiares (apuntadas quedan para la próxima visita).

Pese a que fue escrita en la década de los tardíos 90 y atrás quedaron la era Tony Blair y las divisas en pesetas, en cierta parte Londres sigue igual a cómo Enric González la vivió. O quizá es el acercamiento de quienes, en periodos mayores o menores, pudimos disfrutar de la suerte de vivir en Londres. Sin entrar nunca en la (restringida y más bien poco inclusiva) esfera londoner, pero con suficiente conocimiento de causa como para aventurarnos a escribir unas líneas sobre ella.

Reza su contracubierta que el libro "fue escrito cuando el autor estaba ya en otro país y eso implica una cierta dosis de nostalgia, pudorosamente envuelta en ironía. Hubo otras ciudades después y otras pasiones, pero ningún amor es como el primero. Y ninguna ciudad es como Londres." En mi lectura nostálgica de una visión escrita desde la nostalgia, no puedo estar más de acuerdo.

Es entre las páginas de Historias de Londres dónde encontré materializada mi abstracta visión sobre la ciudad:
"Hay ciudades bellas y crueles, como París. O elegantes y escépticas, como Roma. O densas y obsesivas, como Nueva York. Londres no puede ser reducida a antropomorfismos. Siglos de paz civil, comercio próspero, de empirismo y de cielos grises la han hecho indiferente como la misma naturaleza. Quizá exagero. Quizá Londres sea una proyección del carácter inglés. No hay sentimentalismos, ni derroches de pasión, ni verdades con mayúsculas. Por una u otra razón, Londres reúne las condiciones óptimas para que florezca la vida. Es difícil no sentirse libre en esa ciudad inabarcable y a la vez recoleta, sosegada como el musgo de sus rincones umbríos- una insignificancia vegetal que me conmueve, qué tontería-, donde caben el arte y su reverso técnico, el kitsch, sin estorbarse mutuamente(...)"

Para los que vayan, para los que no se muevan y sobre todo, para los que vuelvan de Londres. Absolutamente deliciosa.






Piccadilly Circus, 1971

domingo, 7 de julio de 2013

El sentido de un final

Antes de acabar el primer trimestre del curso y por lo tanto, antes de irme a Londres, fui al maravilloso auditorio de La Pedrera a escuchar un diálogo con Julian Barnes. De él no había leído más que un fragmento de El loro de Flaubert incluido en una fantástica compilación de Anagrama titulada El mejor humor inglés, razón por la que probablemente, inmersa en mis preparativos de partida a la capital inglesa, decidiera leerlo.

El caso es que era Miquel Berga, uno de mis profesores de la Universitat Pompeu Fabra, quien lo entrevistaba, y como había disfrutado con las escasas 20 páginas de El loro de Flaubert, pensé que no estaría de más ir a escuchar al autor. Impecable, puntual y británico, Julian Barnes se ganó el favor de la audiencia (en su gran mayoría tercera edad excepto por mi amiga Anna, yo, y tres o cuatro estudiantes más) desde el primer minuto. Con refinado humor dirigió el diálogo hacia dónde más le convenía, evitando sutilmente las preguntas que no deseaba responder y trazando un recorrido por su vida profesional y obra literaria. Salimos de ahí encantadas, me prometí que leería sin falta algo suyo, y ahí quedó todo. 


Más de medio año después, estaba dando vueltas por la genial librería Foyles en Charing Cross y me acerqué a ver el estante de recomendaciones de los libreros, casi siempre acertadas. Y me topé con The sense of an ending, la última novela del autor. Estaba a las puertas de mi despedida de Londres y pensé que cuanto menos, era una señal, pero que me esperaría a la última semana de mi estancia para regalármelo, y así me acompañaría en mi vuelta. The sense of an ending.
A los pocos días, paseaba con dos amigas por el Old Spitalfields Market y en una encantadora parada de libros me volvió a asaltar. El sentido de un final. No pude resistirme más tiempo, y lo compré. 

Un día y medio fue lo que me llevó leer la breve novela de Barnes, que me cautivó desde la primera página. Dejando de lado la magnífica prosa del autor, The sense of an ending pone en boca de un protagonista ahora ya retirado, Tony, una historia humana en todas sus vertientes.
A través del recuerdo de su amor de juventud, Veronica, con quien ha vuelto a tener contacto décadas después de que su mejor amigo y siguiente novio de ésta, Adrien, se suicidara, Tony describe su primera adolescencia y juventud, su entrada en la edad adulta y el declive de su matrimonio, hasta su aparentemente pacífica vida retirada.

Más allá de la trama principal y de la cautivante historia que envuelve a los personajes, The Sense of an ending es sobre todo una reflexión sobre la construcción de los recuerdos. Un protagonista que años después debe aceptar y asumir la realidad de unas acciones que el tiempo había diluido y dulcificado en su memoria. Es la presentación de un personaje que realmente, a fuerza de decirse y de decir a los demás que su vida es y ha sido de una determinada manera, acaba por creérselo. Y a este mismo es a quien la vida y una Veronica herida deciden recordarle que sus palabras, sus acciones, tuvieron más consecuencias de las que quiere tener conocimiento.
O bien que, como dice García Márquez, "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla". 

Una novela prácticamente impecable. Bellamente escrita, fácil de leer y real como la vida misma. No se la pierdan.




sábado, 8 de junio de 2013

Palimpsesto de ciudades y épocas

Pues se acabó. De vuelta. Bye Bye, hasta otro ratito.
Medio año en la capital inglesa que ha volado literalmente. En esta ciudad frenética. Donde los semáforos peatonales están en verde 3 segundos. En la que, por pavor a atentados y bombas, hay papeleras cada 4 o 5 km. Fomentando el incivismo. La mejor infraestructura de transporte público que he utilizado. Oyster cards. Gente corriendo.

Muchos markets. Vintage, de comida, de libros. Más libros. Increíbles librerías por sorpresa acechando en cada esquina. Museos sin orden ni concierto, sin distribución lógica. El legado de un Imperio. 

Todas las culturas en una ciudad. Barrios más grandes que Barcelona.
Siempre prisas. Atascos con el autobús. Dominar el mundo desde los primeros asientos del piso de arriba del mismo. Pánico generalizado cuando una línea de metro ocasiona problemas así, de repente. Ebooks en manos de todos. 

Donde hemos pasado frío, muchísimo frío, más del que nunca pensamos. Pero también donde el sol nos ha sorprendido felizmente muchos más días de los previstos. 

Universidad inglesa. Aprender porque las cosas funcionan mejor en el resto de Europa. Espabilarte de golpe. 700 páginas de lectura semanales. Y tan pocas horas de clases.
Parques inacabables, tan verdes que incluso la encarnación del antideporte (servidora) se ha motivado a salir a correr. 'Fit motivation' en Regent's Park y Hyde Park.

Comida mala y cafés malos. Los sabidos tempranísimos horarios. Pasión por la comida exótica. Mucho pollo chino y fajitas. Frappuccino happy hour. Ben's y más Ben's Cookies.
Noches en resis más agradables que noches fuera de ella. Pero también muchas noches fuera donde todo podía ocurrir. Ser más ordenada de lo que nadie (yo incluída) habría predecido. 
Multiculturalidad. Españoles por el mundo. Bares y discotecas donde el español es el idioma oficial. Intentar encontrar un bar no-gay en Soho.

Visitas, visitas. Ir a los mismos sitios y que cada vez pase algo diferente. De guía turística por la City. Desarrollo del sentido de la orientación. Google-maps dependencia, por eso.
Street art. Walking tours. Todo muy 'instagrameable'.
Recuperar el inglés. Leer mucho. Conseguir completar la lista de 'cosas que hacer y sitios que visitar en Londres'. 


Todo tan Hogwarts. Y yo más feliz que una perdiz. Gran comedor, andén 9 y tres cuartos, despacho de Dumbledore.
Gente entrañable. Amigas inolvidables. Entender que Samuel Johnson dijera que "when a man is tired of London, he is tired of life." 
Sentirse Harry buscando por primera vez el callejón Diagon. 'You can find all this in London, if you know where to go.' 
Todavía reticente a aceptar que esto se acaba, y pensando que, como dice Chris Martin, "I'll see you soon". Londres, espérame, que en nada estoy de vuelta.


viernes, 26 de abril de 2013

El orden de factores, ¿no altera el resultado?



Una de las primeras normas que nos enseñan al aprender las matemáticas más básicas es la siguiente: el orden de factores no altera el resultado. No importa que vaya primero y qué después, acabaremos por llegar a la misma resolución. En el plano teórico resulta irrefutable, un proceso limpio que ninguno de nosotros (yo por lo menos) se atrevería a cuestionar. Pero es sabido que la aventura vital queda siempre bien lejos de la exactitud y rigidez de las normas numéricas.

Las matemáticas representan el triunfo de la razón teórica por excelencia. No admiten duda, todo está establecido. Parece que por contrario, la literatura, las letras libres, sean el espacio de desarrollo de la irracionalidad. Admiten la fantasía, el onirismo, la irrealidad, la ilógica. El escritor checo Milan Kundera, en su breve obra La lentitud introduce el concepto de matemática existencial. Con esta metáfora, Kundera refleja un deseo de racionalizar muchos de los elementos conocidamente complejos del ser humano, véase los sentimientos, la memoria o el olvido.

Podríamos extender esta metáfora a muchos otros planos. El primero que se me ocurriría sería el de matemática emocional. Más de uno nos hemos planteado en alguna ocasión que habría pasado si, en determinado momento de nuestra vida, ciertos elementos se hubieran conjugado en otro orden. ¿Habríamos acabado donde estamos hoy? Si X hubiera conocido a Y en el momento Z en lugar de en M, ¿habrían sido felices y comido perdices?. Evidentemente, la respuesta a la primera pregunta es no. En cuanto a la segunda, no hay forma de saberlo, y una visión retroactiva de nuestra particular historia, en la mayoría de los casos, resulta inútil y frustrante. Así, todo indica que en lo que a sentimientos y vivencias se refiere, el orden de factores sí altera el resultado.

Pero hay otros niveles más teóricos a los que resulta interesante trasladar la especial 'matemática' de Kundera. En la historia de la literatura, por ejemplo. Si un lector lee por primera vez en su vida un libro titulado Ulises, escrito por un señor llamado James Joyce, ¿logrará comprender algo? ¿Y si posteriormente a la lectura del Ulises se enfrasca en la de la Odisea de Homero? Sin duda le serán revelados muchos elementos útiles para entender el libro del británico, y puede que seguramente también para lecturas futuras de muchísimas de las obras de la tradición europea occidental.

Igual que podemos ir al Louvre y contemplar extasiados el Juramento de los Horacios de David, admirando sus enormes dimensiones, la perfección de su estructura o sus nítidos colores. Sin embargo nunca será lo mismo ver por primera vez los Horacios para aquel visitante que, de antemano conozca la historia de la Roma clásica. Igual que de aquel que sea consciente de la simbología que el enfrentamiento entre Horacios y Curiacios representaba en el momento en el que David pintó el gigante lienzo.

Puede que Kundera logre teorizar con éxito una pequeña parte de este enorme engranaje que es la mente humana, reiterando la razón de ser de las normas matemáticas. Pero por lo demás sabemos que en las artes, como en la vida, el orden de factores sí altera el resultado.


"Traje también a colación la archiconocida ecuación de uno de los primeros capítulos del manual de la matemática existencial: el grado de velocidad es directamente proporcional a la intensidad del olvido. Pueden deducirse varios corolarios de esta ecuación, por ejemplo éste: nuestra época se entrega al demonio de la velocidad y por eso se olvida tan fácilmente a sí misma.
Ahora bien, prefiero invertir esta afirmación y decir: nuestra época está obsesionada por el deseo de olvidar y, para realizar este deseo, se entrega al demonio de la velocidad; acelera el paso porque quiere que comprendamos que ya no desea que la recordemos; que está harta de sí misma; asqueada de sí misma; que quiere apagar la temblorosa llamita de la memoria."
Milan Kundera, La lentitud

"Cuentan que Ulises, harto de prodigios, lloró de amor al divisar su Itaca verde y humilde. El arte es esa Itaca de verde eternidad, no de prodigios." Jorge Luis Borges

"Marylin Monroe reading Ulysses"


"El juramento de los Horacios", Jacques Louis David, 1784. Musée du Louvre, 2011.

miércoles, 10 de abril de 2013

Cuando los polos opuestos se complementan

Paul Auster y Siri Hustvedt parecen encarnar el matrimonio ideal. Ambos escritores e intelectuales. Tendencias políticas parecidas. Prolíficas carreras en el mundo de las letras. Una hija en común.
Sin embargo, sus carreras profesionales no siempre han ido de la mano.
Mientras Paul acumulaba éxitos abrumadores y millones de copias vendidas, Siri se dedicaba, entre otras cosas, a enriquecer subgéneros literarios (ensayo, poesía) con menos tirada que la novela, profundizando en la psicología, la neurociencia o la filosofía (con la excepción de Todo cuanto amé, publicada en 2003).

Siri Hustvedt no es la prototípica mujer que, dedicándose al mismo mundo profesional que su marido, vive subyugada a su sombra. Para nada. Cualquiera que haya leído algo suyo lo sabrá. Pero el año pasado (2012), las carreras como novelistas de ambos colisionan o trazan un camino paralelo, depende como se mire.
Con breves meses de separación ven la luz en España (los dos publicados por Anagrama) El verano sin hombres, de Siri, y Diario de invierno, de Paul. Yo leí primero El verano sin hombres, picada por la curiosidad de un relato supuestamente teñido por una fuerte experiencia autobiográfica. La novela narra la historia de Mia, una poetisa que, a sus 50 años y tras 30 años de feliz matrimonio descubre que su marido, Boris, le ha sido infiel con una joven francesa. Es así que Mia decide retirarse durante un verano a Minnesota, dónde creció, para abandonar el turbulento Brooklyn que tanto le recuerda a Boris. Allí se enfrentará a sus peores fantasmas, y se embarcará en una aventura de autoconocimiento, reconciliación y finalmente, capacidad para el perdón. Se trata de una obra ligera de leer, con un estilo que encandila y a la vez, logra hacer una lectura profunda de la psicología femenina, de la naturaleza del desengaño y de la voluntad de reconstrucción.

Por su parte, Auster proyecta en Diario de invierno las dudas que le asaltan al encontrarse a las puertas de la tercera edad, que le llevan a hacer un recorrido por la historia de su vida. De carácter  teóricamente autobiográfico, Diario de invierno refleja un trayecto desde la más tierna infancia hasta la entrada madurez, pasando por las casas habitadas, las mujeres amadas y los logros adquiridos. Pero es esencialmente un libro marcado por momentos de crisis, vitales y de salud, que hicieron que el autor tuviera que pararse y replantearse los fundamentos de su existencia.

Los propios títulos de los dos libros ya revelan su carácter antitético. Mientras Siri describe su verano sin hombres, Paul entra en el invierno de su vida. Ella, con una narradora protagonista. Él, con un desdoblamiento de la voz protagonista en una segunda persona, como si se tratara de un diálogo con uno mismo. Cuando Paul habla de Siri, el lector ve en ella la Única, la definitiva, la mujer de su vida. Cuando Mia habla de Boris, el lector curioso (por no decir cotilla) ve a un Paul traicionando la confianza de un matrimonio, y a una Siri devastada por el tardío desengaño. 

Pese a todo, igual que las vidas de los dos autores terminan en una feliz reconciliación, del mismo modo sus dos libros parecen inevitablemente confluir. Mia perdona a Boris, Paul entra tranquilo en el invierno de su vida, con su mujer a su lado. 
Diario de invierno y El verano sin hombres son las dos caras de una misma moneda, la polaridad inherente a una relación de tanto tiempo, el espejo ficcional que muestra los puntos de inflexión en las vidas de sus autores. Y es así como los dos libros configuran el círculo perfecto, los polos opuestos que, lejos de atraerse o repelerse, se complementan.