domingo, 29 de diciembre de 2013

"Be patient and strong"

Se acerca fin de año y con el las famosas (y por algunos temidas) listas: los mejores libros de 2013, las mejores películas, los mejores discos… Miramos atrás y recordamos los propósitos, muchas veces lejanos y ya olvidados, que escribimos un año atrás. Yo tengo una cierta tendencia a redactar numerosas listas en papeles que estoy destinada a perder: post-its, recortes de diarios, trozos de hojas en sucio… Así, al final sólo me quedan confusas y mezcladas listas en mi desorganizada cabeza. Cuando a mediados de diciembre empiezan a publicarse estas conocidas enumeraciones me absorbe el agobio, me sobrepasa la cantidad de libros que no he leído este año, películas que me faltan por ver… y me pongo como una loca a hacer de nuevo listas y a comprar libros en una suerte de trance extático, que se van apilando sobre mi mesa.

Sin embargo, quería hablar de los libros que sí he leído este año. También sentía que podía aportar mi granito de arena, crear mi particular top 10 de lecturas, así que hice una lista. La perdí. Luego escribí otra, en una nota del móvil, que me dediqué a retocar cada vez que recordaba otra lectura entrañable, de manera que la enumeración que hay hoy en esa nota probablemente sólo comparta un título con la original que apunté en primer lugar.

Ante esto, he tirado la toalla, al menos por este año, con respecto a lo de hacer mi lista de mejores lecturas de 2013. Y he pensado en hablar en uno, concretamente, de los libros que más he disfrutado este año. Se trata del libro del americano Peter Cameron, Algún día este dolor te será útil, publicado en España por Libros del Asteroide. En la estela de la tradición americana liderada por el archiconocido Holden Caulfield de Salinger, Cameron nos presenta a un joven anti-héroe como protagonista: James Sveck acaba de terminar sus estudios de high school y pese a que ha sido admitido en la prestigiosa universidad de Brown, lo único que desea es quedarse en casa de su abuela leyendo libros, lejos de toda relación social.



A través de sus ojos durante un caluroso verano en Manhattan, donde trabaja en la galería de arte dirigida por su inestable madre, conocemos un nuevo retrato de Nueva York, el del joven desorientado ante la inmensidad de la gran manzana, metáfora del mundo caótico que Sveck tanto teme. Una familia desestructurada, la aspiración a una vida bucólica y el psicoanálisis son algunos de los temas que Cameron aborda con una delicadeza inusitada.
Lo que en mi opinión más caracteriza esta breve novela que toma su título de una cita de Ovidio (“Sé paciente y duro; algún día este dolor te será útil”)  es su ligereza, uno no puede evitar sonreír al leer el sarcasmo de este peculiar joven, y se termina tan rápido que uno no puede evitar imaginar que es de James tras el final de la novela, imaginando las peripecias por las que el protagonista pasará en la siguiente fase de su vida.

Para los perezosos, la novela ha sido adaptada al cine (no he visto todavía la película) y pueden ver el tráiler aquí. Si todavía no saben qué lectura regalar este año que pronto llegará a su fin, Algún día este dolor te será útil es “apta para todos los públicos” (de hecho en Estados Unidos se etiquetó equivocadamente la novela como Children’s & Young Adult’s).
Yo mientras, seguiré leyendo listas de los libros del año, y anotando todo aquello que me falta en otras listas que de nuevo, probablemente, perderé. Así que hagan sus listas, de deseos, de propósitos, y si las hacen de lecturas, incluyan esta. Feliz entrada de año.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Después de la universidad... ¿Qué?

 Muchos de los que nos encontramos casi a las puertas de finalizar los estudios universitarios nos sentimos a veces asaltados por una sensación de vértigo (en ocasiones paliada por el consuelo de que ahora, como mínimo, deberemos tener tres masters y un doctorado para ser aptos y laborables, por lo que nuestros estudios sin duda se alargarán). De repente pensamos en el vacío existencial que nos aguarda al girar la esquina. Una vez graduados, nos sentimos y se nos considera adultos. Y nos entra el inevitable horror vacui. ¿Hemos hecho la carrera que debíamos? ¿De verdad queremos trabajar aquí toda la vida? ¿Y si lo dejamos todo y nos vamos de mochileros por el mundo?

Así se sienten los jóvenes protagonistas de una de las últimas novelas del americano Jeffrey Eugenides, La trama nupcial (Anagrama, 2013).


Si algo está claro acerca de Jeffrey Eugenides es que al autor no no le gustan los temas banales. Su literatura tiende a lo complejo, oscuro, morboso. En sus obras trata aspectos como el suicidio, el hermafroditismo o la enfermedad mental. Conocido por novelas como Las vírgenes suicidas) o Middlesex, me adentré por primera vez en su mundo con esta intrincada novela.

Gracias o por culpa de su extensión (casi 600 páginas, la novela tiene muchos ejes temáticos. Aparentemente, es una novela de coming of age, que arranca con la graduación de la joven Madeleine Hanna en la prestigiosa universidad de Brown, para seguirla a través de su entrada en el mundo adulto, en el matrimonio, y en las tribuladas relaciones humanas.

En esta primera etapa nos deleitamos con las descripciones de la vida de campus. La acomodada vida de los alumnos de la Ivy League, los elitistas seminarios y fraternidades, y recorremos de mano de Madeleine el enclave de la universidad de Brown en la armoniosa Rhode Island. Madeleine conoce a Leonard, un apuesto e inteligente estudiante, en un curso avanzado de semiótica, y se enamora locamente de él. Avanzamos a trompicones por la historia de su relación amorosa, ya que la acción arranca con una escena in media res, en los momentos previos a la graduación de la promoción de Brown- y pocos días después de que Leonard haya dejado a la protagonista. Conocemos al mismo tiempo a Mitchell, un chico modélico que lleva toda la carrera tratando en vano de lograr el amor de Madeleine. Se nos presentan los conservadores padres de la protagonista. Todo esto en una tan plácida como intensa primera parte.

Pero partir de la graduación la novela toma un cariz muy alejado de la tranquila vida de campus universitario. Leonard es ingresado en un centro psiquiátrico, Madeleine acepta volver al lado del convaleciente y Mitchell se va a la India y a recorrer el mundo en una suerte de año sabático, con la esperanza de encontrarse a sí mismo y de enterrar su desdichada pasión por Madeleine.

La trama nupcial es por ello también una novela sobre el psicoanálisis, sobre la depresión crónica y los males del siglo XXI. Es una obra en la que los protagonistas son antihéroes, pequeños seres desorientados en el mundo que les ha tocado habitar. Enamorados de la idea de estar enamorados que han leído en los libros de otros siglos (de ahí “la trama nupcial”), buscando una religiosidad que los acerque a la beatitud (Mitchell en la India aspirando a ser la madre Teresa).
Y sin embargo, frustrados siempre en sus desesperadas búsquedas.

Eugenides configura un portrait americano, nos muestra las oscuridades del nuevo siglo delicadamente en ocasiones, crudamente en otras. Habla desde la subjetividad que le otorga el uso de una estructura poliédrica- la potente voz de Madeleine se contrapone a la historia de Mitchell, pero también entendemos los sentimientos de Leonard, o vemos a través de los ojos del padre de Madeleine la estampa familiar, tan alejada de lo que habrían imaginado.

En muchos aspectos similar a la magna Libertad de Jonathan Franzen, la novela de Eugenides incurre también en los mismos errores. La extensión es, a mi parecer, excesiva (los puntos destacados de la trama se entenderían igual si tuviera 150 páginas menos) y la historia de la enloquecida persecución del ascetismo por parte de Mitchel, así como algunos de los pasajes de la enfermedad de Leonard, pueden llegar a resultar tediosos.

Pese a ello, La trama nupcial merece una lectura, como mínimo, por parte de los estudiantes de último curso o de los recién graduados. Mientras uno recorre sus 600 páginas no puede dejar de preguntarse que habría hecho de estar en el lugar de los protagonistas, o si, llegado el momento, tomará también las decisiones cruciales equivocadas.




martes, 29 de octubre de 2013

"I wanted to write a novel of a spy on the spy". El polifacético Ian McEwan

Hace tiempo que tenía en mente escribir una entrada 'otoñal'. Tras considerar varias opciones de comentario, llegué a la conclusión de que configuraría una "lista de lecturas para el otoño". Esa estación que avanza a trompicones, el impasse entre las antípodas del calendario. Hay algunos libros que nacen claramente para el verano. Las lecturas de piscina, de hamaca. Y otros que, pese a no ser necesariamente invernales, parecen concebidos sólo para ser leídos en invierno. Los fríos, los crudos, los excesivamente deprimentes, los oscuros.

Así, tenía medio preparada mi mini-lista de lecturas para el otoño para colgar hoy, cuando me he encaminado hacia la biblioteca Jaume Fuster en Barcelona para asistir a la presentación de uno de los títulos que todavía estaba en interrogante (¿es de otoño o más de invierno?, ¿debería posponer su reseña?). Se trata de la nueva novela del británico Ian McEwan, Operación Dulce.

Conocer a un autor tiene aún hoy (donde la línea que divide el espacio privado del público es más que difusa) una especie de misticismo. Uno pone cara, ojos, voz y manos al ente que ha creado esos universos en los que se ha deleitado. Así, a pesar de que conocía la imagen, la bio y las obras esenciales de McEwan, estaba concentrada y expectante ante la ponencia-entrevista (conversaba con Antonio Lozano) que estaba a punto de presenciar.

McEwan es un British en toda regla. Es educado y elegante, de porte tranquilo y gestos apacibles. Y también es muy ingenioso. Ha empezado ofreciendo una retrospectiva de su vida. Desde su sesentena, ahora mira hacia atrás para ver sus obras de juventud como una mezcla de su genio personal de entonces pero también y sobre todo como un producto de su tiempo.

Operación Dulce es en apariencia una novela de espías. La narra en primera persona una apuesta jovencita llamada Serena Frome, que se gradúa sin pena ni gloria de matemáticas en Cambridge y a la que una serie de circunstancias conducen a ser reclutada por el MI5. Corren los años de la guerra fría y el estado general de la capital británica es la confusión. En la fría sede del servicio de inteligencia, Serena empieza como una administrativa más- McEwan explica que decidió hacer femenina la voz protagonista al descubrir que las mujeres no podían ascender de los puestos más básicos en los servicios de inteligencia.
Pero la protagonista siente pasión por la lectura. Pasa sus horas libres devorando libros. Le gustan las historias sencillas, al estilo de Jane Austen. Los finales felices, las que acaban en boda. Y es precisamente su esta afición la que la encumbra a un inesperado ascenso en el MI5: queda al cargo de la misión llamada en clave 'Operación Dulce'. Deberá conseguir que un joven escritor de Brighton, Tom Hailey, acepte ser subvencionado por una fundación tapadera, desde la cual el servicio secreto pretende que el autor llegue a triunfar y represente un emblema y triunfo del anti-comunismo.

Así arranca una compleja historia de amor. Amor de Serena por Tom, amor de Tom por la escritura. Amor del propio autor a sus textos de juventud, que pone bajo la pluma de Tom. Amor a sus amigos y compañeros literarios, a los que alude en la novela. Pero Operación Dulce es un tomo mucho más sofisticado que una novela de género. 

Ciertamente está la trama del espionaje, pero el autor hace uso de las convenciones de ésta para jugar con el lector, que debe ser en todo momento avispado y desconfiado. Es una novela sobre el lector y sobre cómo leer, y es, claramente, una metáfora del proceso literario. 

Le he preguntado a Ian McEwan hasta qué punto tenía en mente su propia obra y esta reflexión sobre la escritura. Me ha contestado que ciertamente teorizar sobre la ficción, el proceso de escritura, es importante. Pero que no es suficiente. Que hay que ir más allá. Que la finalidad de la literatura es investigar la naturaleza humana. Y que hay diversos modos de hacerlo, y aquí había explorado uno, combinando la descripción realista y naturalista con los elementos metaliterarios de las vanguardias. 

McEwan considera a este respecto que "we can never be the same again after Joyce". Pero también que el siglo XIX nos dejó muchas cosas importantes, como la importancia de los detalles, y que sería una auténtica tragedia perderlas.

Podría alargarme y duplicar con reflexiones y comentarios los cinco folios de notas que he tomado durante la conversa. Del mismo modo podría divagar ad eternum sobre los diversos niveles que presenta su estupenda nueva novela. Pero no es éste el lugar.

Operación Dulce es una novela de madurez, en la que todas las piezas encajan con la suavidad que sólo el haber leído y escrito mucho otorgan. Tiene, en la edición española en Anagrama, 393 páginas. Y consigue que uno llegue, dividido entre el deleite de seguir leyendo y la picardía por conocer los secretos de la(s) trama(s), rápido al final.

En cuanto a McEwan, que gustosamente se ha quedado a dedicar libros al final de la sesión, lo dejo citado en sus propias palabras, describiendo lo que había contestado hace pocos días a un taxista londinense a la pregunta de "what do you write about?"

"I write about love and sex and music and science and landscape and human nature. That's how I would like to be remembered."

Es probable que para disfrutar de todos estos McEwan's deba entrar más a fondo en su obra (sólo he leído Expiación, Chesil Beach y Operación Dulce), pero después de hoy, lo haré encantada.

La lista de libros otoñales llegará a su tiempo, mientras, viajen de la mano de este encantador británico a Londres, a la Guerra Fría, a los libros que acaban en boda y a los que nunca llegan a ser publicados. Es un buen inicio otoñal.



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jueves, 19 de septiembre de 2013

"La verdad no es más que la expresión dolorosa del corazón."

Se nos escapa el verano. Barcelona nos envía señales de aviso día sí día también- estas intermitentes semanas que alternan lluvia con sol propio de agosto- preparándonos para este otoño que, en el momento más inesperado, nos pillará todavía en sandalias y vestidos vaporosos.

Es por eso que, en una posición de nostalgia y rebelión, en lugar de reseñar algunos de los elementos de la rentrée literaria (hay muchos y muy interesantes), he decidido volver la vista atrás. Y hablar del libro que, puedo decir sin temor a represalias, se ha ganado a pulso el título de "libro del verano".  La verdad sobre el caso Harry Quebert. Recuerdo perfectamente cómo hace unos cuantos veranos, fueras donde fueras había alguien leyendo uno de los enormes tomos de la trilogía Millenium de Stieg Larsson. En la piscina del lugar dónde veraneo no había madre, padre o adolescente que no lo leyera. En el metro los libros de la historia sobre Lisbeth Salander estaban en todas partes. Si uno le sumaba a la trepidante trama la historia de la súbita muerte de su autor, que jamás llegó a ver el éxito de sus novelas, se encontraba con la perfecta combinación de lectura de verano- larga, entretenida, amena y absolutamente comentable.

A pesar de (o gracias a) sus más de 600 páginas, La verdad sobre el caso Harry Quebert estaba también en todas las piscinas, trenes y playas. Su jovencísimo escritor, Joël Dicker (28 años), no da abasto retwiteando y respondiendo a sus fans esparcidos por el mundo. 

No es casualidad. A primera vista, la novela podría parecer un thriller convencional. Algo largo, quizás, pero sin demasiada complejidad fuera del misterio a resolver. Marcus, un joven escritor, se encuentra en situación de pánico a la hoja en blanco. Tras el éxito descomunal de su primera novela, se siente incapaz de escribir otra. Mientras, su editor, su agente y las fechas de entrega le instan a que la termine ya. Es así que decide recurrir a su antiguo mentor y maestro, Harry Quebert, en busca de ayuda e inspiración. 
Al poco tiempo, se descubre en el jardín de éste el cadáver de Nola, una joven desaparecida muchos años atrás, causando un escándalo y espectáculo nacional. Harry es arrestado y encarcelado como principal sospechoso. Marcus, en un intento de ayudar y devolver el prestigio al escritor y profesor que tanto le guió en sus años universitarios, se traslada al pequeño pueblo de Aurora con la determinación de descubrir la Verdad sobre lo que ocurrió.

Pero pronto descubrirá que la búsqueda de la Verdad es en la mayoría de los casos dolorosa,  y paulatinamente se encontrará en un doble proceso- la búsqueda de sí mismo y la de los hechos que han marcado la vida de Harry, a quién Marcus creía conocer bien. 

La verdad sobre el caso Harry Quebert es mucho más que un libro sobre un crimen- búsqueda- resolución. Es, ante todo, un elogio al amor, en todas sus vertientes, y en muchas ocasiones lacerante. La amistad de Marcus y Harry, el pasado de ambos, la relación de Harry con Nola, de Harry con sus cohabitantes y el retrato de una sociedad de pequeño pueblo estadounidense. Todas estas relaciones humanas terminan reflejadas en un tipo amor que constituye una piedra angular de la novela: el amor a los libros.

"Si los escritores son seres tan frágiles, Marcus, es porque pueden conocer dos clases de dolor afectivo, es decir, el doble que los seres humanos normales: las penas de amor y las penas de libro. Escribir un libro es como amar a alguien: puede ser muy doloroso."

Pero Dicker no se contenta con mostrarnos la vida de un protagonista movida por la escritura y los libros, sino que construye también un metalibro. La verdad sobre el caso Harry Quebert es un libro sobre cómo escribir libros. Describe el mundo de los grandes grupos editoriales, la presión comercial y el mercado. Crea una metáfora sobre el proceso creativo. 

La portada de la novela (publicada en español por Alfaguara), con un cuadro de Hopper en ella, ya invita a cogerla y empezarla (me horrorizó descubrir que en la edición portuguesa han sustituido la pintura por una foto de dos personas que elimina todo espacio a la imaginación sobre los personajes) pero al terminarla una parte del lector se queda en Aurora con la historia de Harry. Así ha sido para mí "el libro del verano", cuya lectura recomiendo en cualquier estación del año.

miércoles, 31 de julio de 2013

Nubes de verano

Hoy empiezan mis vacaciones. Se presentan ante mí 20 días con sus respectivas noches en los cuales- en el imaginario vacacional- no tendré ninguna angustia, responsabilidad mayor, o preocupación que me altere, más que la de organizar mi tiempo de manera que el resultado sea con el que llevamos soñando todo el año, el de "pegarte el verano de tu vida".

Hay quienes aspiran a pasar sus vacaciones sumidos en la inactividad absoluta. Comer, dormir, tomar el sol. Es una decisión más que respetable y supongo que en muchos casos razonable. A mí me gusta la pasividad, pero unos días. Mirando mi calendario de verano, me di cuenta de que tengo un pavor absoluto al tedio. Temo que los días pasen sin que me dé cuenta mientras duermo en una tumbona, y que de repente ya esté de vuelta en Barcelona. Necesito actividad. No necesariamente física, de movilidad, pero sí, de algún modo, intelectual y social.

Si voy a estarme cinco días (como es el caso) en una preciosa casa de verano sin más misión en la vida que la de acumular calorías y melanina, me encuentro llenando la maleta con más libros, libretas y apuntes de los que soy capaz de leer en un mes (aunque debo confesar que siempre que salgo de casa llevo conmigo más libros de los que racionalmente podré acabarme en el tiempo que paso fuera).

Pero en cualquier caso, mi imperante necesidad de actividad de alguna clase y uno de los libros que ésta me ha arrastrado a leer el último mes (High Fidelity, de Nick Hornby) me recordaron a uno de esos famosos discursos de apertura o graduación de alguna buena universidad americana.

El poeta (y ganador del premio Nobel) Joseph Brodsky, cuando corría el año 1989 cerró una ceremonia de graduación con un speech cuya transcripción hoy conocemos bajo el título de En alabanza del aburrimiento. En él, hace una reflexión acerca de los años que acechan al recién graduado, de "la vida real". De cómo el aburrimiento, el tedio, es el peor de nuestros enemigos. De cómo un día desperateremos cansados de nuestra casa, nuestra familia, nuestros libros y nuestros amigos y, por más que los cambiemos, el aburrimiento estará siempre esperando a la vuelta de la esquina, dispuesto a abatirse de nuevo sobre nosotros.

Brodsky cree que como acertadamente dijo Robert Frost, "la mejor manera de salir es siempre atravesar". Su consejo para combatir este temor ancestral al aburrimiento es el siguiente: "Cuando el aburrimiento los golpee, entréguense a él. Que los aplaste, que los sumerja, toquen fondo. En general, con las cosas desagradables, la regla es: mientras más pronto toquen fondo más pronto volverán a flotar."

Así como Rob, el protagonista de High Fidelity, en un momento dado de su trentena se da cuenta de la importancia de la actividad, en el sentido más amplio, yo mientras subrayo las frases que Nick Hornby pone en boca de su peculiar antihéroe mientras lleno de libros bolsos y maletas.
"It's only beginning to occur to me that it's important to have something going on somewhere, at work or at home, otherwise you're just clinging on. [...] You need as much ballast as possible to stop you floating away; you need people around you, things going on, otherwise life is like some film where the money ran out, and there are no sets, or locations, or supporting actors, and it's just one guy and his own staring into the camera with nothing to do and nobody to speak to, and who'd believe in this character then? I've got to get more stuff, more clutter, more detail in here, because at the moment I'm in danger of falling off the edge."

Brodsky considera que el aburrimiento es la más clara expresión de nuestra pequeñez en el espacio y el tiempo, que 
"Para decirlo de alguna manera, el aburrimiento es nuestra ventana sobre el tiempo, sobre esas propiedades suyas que uno tiende a ignorar con peligro probable del propio equilibrio mental. En suma, es nuestra ventana sobre la infinitud del tiempo, es decir, sobre nuestra insignificancia en él."

Sean de los que se enfrentan al aburrimiento con un verano rebosante de actividades o de los que prefieren apoltronarse en toallas, hamacas y sillones, no dejen de leer el texto completo aquí.

Buen verano y mejores lecturas.







lunes, 15 de julio de 2013

Por la autopista de la nostalgia

"Enric González amó Londres mucho antes de conocerla. (...)Este libro es una guía personal para descubrir el espíritu londinense." 

A raíz de la publicación en Jot Down Books de su último libro, Memorias líquidas, supe de las Historias de Enric Gonzalez. Corresponsal en distintas partes del globo para el diario El País, compiló en cuatro tomos una síntesis entre el amor que sintió por las ciudades que habitó y las experiencias allí vividas. Así nacieron Historias del calcio (una crónica de Italia a través del fútbol), Historias de Nueva York, Historias de Roma e Historias de Londres, agrupadas las tres últimas en Todas las historias y un epílogo.

Historias de Londres encarna el ideal de ensayo que todo estudiante desearía leer. Narrado a partir de anécdotas particulares, logra cautivar con una delicadamente irónica prosa, que sintoniza perfectamente con el alma de la ciudad que describe. Está divida en partes correspondientes al mapa de Londres central: el oeste, el centro y el este, subcapituladas cada una de ellas con acertados e ingeniosos títulos.
La lectura del libro va más allá de puro recreo: despierta en el lector el interés por saber- investigar sobre los hechos políticos e históricos que se mencionan, rememorar ciertas calles o edificios, asombrarse ante datos relativos a lugares sobre los que uno creería saber todo.

Empecé a leer las escasas doscientas páginas del libro de González a mi vuelta de Londres. Un amigo se sorprendió de que no las hubiera leído antes o durante mi estancia en la capital inglesa. Fueran los que fueran los motivos que me llevaron a posponer la lectura (sin duda nada premeditados y más bien fruto de la acumulación de muchas otras lecturas pendientes), son de agradecer. 
En esta brillante recreación visual e histórica de Londres, he vuelto a estar ahí durante dos tardes. He sonreído, cómplice al leer de los sitios que yo también habité y frecuenté, y agradablemente he sido sorprendida con alguna que otra historia desconocida para mí de sitios muy familiares (apuntadas quedan para la próxima visita).

Pese a que fue escrita en la década de los tardíos 90 y atrás quedaron la era Tony Blair y las divisas en pesetas, en cierta parte Londres sigue igual a cómo Enric González la vivió. O quizá es el acercamiento de quienes, en periodos mayores o menores, pudimos disfrutar de la suerte de vivir en Londres. Sin entrar nunca en la (restringida y más bien poco inclusiva) esfera londoner, pero con suficiente conocimiento de causa como para aventurarnos a escribir unas líneas sobre ella.

Reza su contracubierta que el libro "fue escrito cuando el autor estaba ya en otro país y eso implica una cierta dosis de nostalgia, pudorosamente envuelta en ironía. Hubo otras ciudades después y otras pasiones, pero ningún amor es como el primero. Y ninguna ciudad es como Londres." En mi lectura nostálgica de una visión escrita desde la nostalgia, no puedo estar más de acuerdo.

Es entre las páginas de Historias de Londres dónde encontré materializada mi abstracta visión sobre la ciudad:
"Hay ciudades bellas y crueles, como París. O elegantes y escépticas, como Roma. O densas y obsesivas, como Nueva York. Londres no puede ser reducida a antropomorfismos. Siglos de paz civil, comercio próspero, de empirismo y de cielos grises la han hecho indiferente como la misma naturaleza. Quizá exagero. Quizá Londres sea una proyección del carácter inglés. No hay sentimentalismos, ni derroches de pasión, ni verdades con mayúsculas. Por una u otra razón, Londres reúne las condiciones óptimas para que florezca la vida. Es difícil no sentirse libre en esa ciudad inabarcable y a la vez recoleta, sosegada como el musgo de sus rincones umbríos- una insignificancia vegetal que me conmueve, qué tontería-, donde caben el arte y su reverso técnico, el kitsch, sin estorbarse mutuamente(...)"

Para los que vayan, para los que no se muevan y sobre todo, para los que vuelvan de Londres. Absolutamente deliciosa.






Piccadilly Circus, 1971

domingo, 7 de julio de 2013

El sentido de un final

Antes de acabar el primer trimestre del curso y por lo tanto, antes de irme a Londres, fui al maravilloso auditorio de La Pedrera a escuchar un diálogo con Julian Barnes. De él no había leído más que un fragmento de El loro de Flaubert incluido en una fantástica compilación de Anagrama titulada El mejor humor inglés, razón por la que probablemente, inmersa en mis preparativos de partida a la capital inglesa, decidiera leerlo.

El caso es que era Miquel Berga, uno de mis profesores de la Universitat Pompeu Fabra, quien lo entrevistaba, y como había disfrutado con las escasas 20 páginas de El loro de Flaubert, pensé que no estaría de más ir a escuchar al autor. Impecable, puntual y británico, Julian Barnes se ganó el favor de la audiencia (en su gran mayoría tercera edad excepto por mi amiga Anna, yo, y tres o cuatro estudiantes más) desde el primer minuto. Con refinado humor dirigió el diálogo hacia dónde más le convenía, evitando sutilmente las preguntas que no deseaba responder y trazando un recorrido por su vida profesional y obra literaria. Salimos de ahí encantadas, me prometí que leería sin falta algo suyo, y ahí quedó todo. 


Más de medio año después, estaba dando vueltas por la genial librería Foyles en Charing Cross y me acerqué a ver el estante de recomendaciones de los libreros, casi siempre acertadas. Y me topé con The sense of an ending, la última novela del autor. Estaba a las puertas de mi despedida de Londres y pensé que cuanto menos, era una señal, pero que me esperaría a la última semana de mi estancia para regalármelo, y así me acompañaría en mi vuelta. The sense of an ending.
A los pocos días, paseaba con dos amigas por el Old Spitalfields Market y en una encantadora parada de libros me volvió a asaltar. El sentido de un final. No pude resistirme más tiempo, y lo compré. 

Un día y medio fue lo que me llevó leer la breve novela de Barnes, que me cautivó desde la primera página. Dejando de lado la magnífica prosa del autor, The sense of an ending pone en boca de un protagonista ahora ya retirado, Tony, una historia humana en todas sus vertientes.
A través del recuerdo de su amor de juventud, Veronica, con quien ha vuelto a tener contacto décadas después de que su mejor amigo y siguiente novio de ésta, Adrien, se suicidara, Tony describe su primera adolescencia y juventud, su entrada en la edad adulta y el declive de su matrimonio, hasta su aparentemente pacífica vida retirada.

Más allá de la trama principal y de la cautivante historia que envuelve a los personajes, The Sense of an ending es sobre todo una reflexión sobre la construcción de los recuerdos. Un protagonista que años después debe aceptar y asumir la realidad de unas acciones que el tiempo había diluido y dulcificado en su memoria. Es la presentación de un personaje que realmente, a fuerza de decirse y de decir a los demás que su vida es y ha sido de una determinada manera, acaba por creérselo. Y a este mismo es a quien la vida y una Veronica herida deciden recordarle que sus palabras, sus acciones, tuvieron más consecuencias de las que quiere tener conocimiento.
O bien que, como dice García Márquez, "La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda, y cómo la recuerda para contarla". 

Una novela prácticamente impecable. Bellamente escrita, fácil de leer y real como la vida misma. No se la pierdan.