domingo, 30 de marzo de 2014

Crónica de un (des)amor


Hillel Halkin, leo nada más coger la obra publicada por Libros del Asteroide, es un escritor de 75 años. Biógrafo, traductor y crítico literario, vive en Israel desde hace varias décadas. Melisande, ¿qué son los sueños? es su primera novela. Intrigada por los comentarios conmovedores que había leído en la red, y reafirmada en mi curiosidad tras ver que su editorial en el Reino Unido son Granta Books, esperaba del libro de Halkin un retrato de época.

Porque en apariencia eso es. Narra la historia de tres amigos en los años cincuenta en Nueva York: dos chicos y una chica- Hoo (el narrador), Ricky y Mellie (la indudable protagonista). Se conocen en el instituto, donde forjan amistad siendo editores de una revista literaria- hecho que marcará un punto de inflexión en sus vidas.

Y es que el primer descubrimiento de la literatura determina un antes y un después: como dice esta reseña de The Independent, son las lecturas de estos tres jóvenes las que trazarán el camino que sus vidas seguirán: el amor de Ricky por Camus y Dostoyevsky lo lleva al extranjero, en una búsqueda incesante de sí mismo, la pasión de Hoo por los clásicos lo conduce a la vida académica, a la dedicación a la filosofía clásica, mientras que la sensibilidad de Melisande por Keats se transforma en la creación de bellas piezas de tapicería.


Y es en esta vida de académico, ya retirado, en la que Hoo se entrega a una bella a la par que desesperada recuperación de la memoria. En forma epistolar y narrada en segunda persona (toda la novela está dirigida a Melisande, a quien lentamente vamos descubriendo), el protagonista rememora desde los primeros años en el instituto hasta su retiro actual, dibujando para ello un retrato de su amistad con Ricky y su amor por Mellie.

El paisaje de fondo de estas relaciones, que como todas, tienen altos y bajos, alegrías y desengaños, no es menos importante: Halkin transmite con destreza el trasfondo cultural y político del momento- las congregaciones estudiantiles, las protestas contra la guerra de Vietnam y la eclosión de la gran ciudad durante los años sesenta.

Melisande, ¿qué son los sueños? habla del poder de la literatura y cómo nuestra frágil memoria con frecuencia manipula y reescribe nuestro pasado e historia. Pero la maestría del autor reside en su capacidad de, sin abandonar la belleza en la escritura, describir también la decadencia- de la amistad, de las relaciones amorosas. Leí en la página de Facebook de Pequod Llibres que recomendaban la novela para todo aquel "que se haya enamorado alguna vez con la certeza de que valía la pena". Y sin duda se trata de una carta integral sobre el amor, en todas sus etapas, incluso en la de la erosión y el desencanto.



domingo, 26 de enero de 2014

Cuando (menos) te lo esperas

¿Cuántas veces hemos podido ver con claridad los defectos y errores ajenos sin saber reconocer los nuestros propios?
Algo parecido le ocurre al protagonista de la novela de Graeme Simsion (El Proyecto Esposa, Salamandra, 2013), Don Tillman, un brillante genetista y profesor con diagnósticos a punto para todo y todos, pero incapaz ver ni aceptar que él mismo padece un síndrome de Asperger.

“«Me llamo Don Tillman, tengo treinta y nueve años y soy profesor adjunto de Genética en la Universidad de Melbourne. Mi trabajo está bien remunerado, me alimento de forma equilibrada y regular, y mi condición física es óptima. En el reino animal, no tendría ninguna dificultad para aparearme, pero en el humano, nunca he logrado tener una segunda cita con la misma mujer. Los motivos de mi fracaso no termino de entenderlos, y como las estadísticas muestran que los hombres casados son, en promedio, más felices y viven más tiempo, he decidido poner en marcha un programa vital para mí, el Proyecto Esposa.”

Tras esta reflexión, el protagonista se embarca en el Proyecto Esposa. A partir de un detallado cuestionario (gustos, deportes, bebida, comida, tabaco, puntualidad…) que hará rellenar a todas las candidatas a una cita con él, el socialmente inadaptado Tillman busca encontrar a la mujer de su vida.

Pero como llevan enseñándonos durante décadas las películas de Hollywood, es sabido que las cosas buenas llegan siempre cuando uno no las busca. Y predeciblemente las citas surgidas del cuestionario acaban en fracasos estrepitosos. Paralelamente al fracaso del cuestionario, encontramos cómo el mejor (y único) amigo  de Don, Gene, le presenta a una peculiar joven y rebelde camarera. Rosie es el personaje peleón pero tierno, incisiva pero acomplejada. Y siguiendo el patrón rom-com que el lector en cierto modo espera, la chica llamará la curiosidad del genetista, quien se implicará por completo en el Proyecto Padre- destinado a revelar quién es el verdadero progenitor de la joven a partir del análisis de diversas muestras de ADN- que no serán fáciles de conseguir y que llevarán a los protagonistas de Sidney a Nueva York en peripecias variadas.

El Proyecto Esposa no tiene grandes giros ni revelaciones. Pero se lee con curiosidad y diversión. Su prosa es ligera y entretenida, y aunque a veces desearíamos saber más cosas de los personajes secundarios (de la vida de Rosie, de la relación de Gene y Claudia), el retrato que Simsion ofrece de Don es acertado y esencialmente tragicómico.

Ninguna de las escenas finales resulta sorprendente al lector contemporáneo- curtido en cartelera de comedia romántica- pero aun así deja con buen sabor de boca y una sonrisa en los labios. Mientras recorremos las aventuras de Don y Rosie y analizamos a través de los ojos de Don el Proyecto Esposa, el Proyecto Padre y finalmente, el Proyecto Rosie, aprendemos de herencias genéticas, de enfermedades y sobre todo, de organización y estadística.


Para mí la novela de Simsion podría describirse como una novela ‘sinestética’. De aquellas que, en recordar su lectura, uno evoca canciones, viajes que no ha realizado y sabores de helado que no ha probado. Canciones como ésta (que no guarda sin embargo ninguna relación con la trama). Si tuviera que enmarcar El Proyecto Esposa en una definición breve o subgénero sería, indudablemente, feel-good.

domingo, 29 de diciembre de 2013

"Be patient and strong"

Se acerca fin de año y con el las famosas (y por algunos temidas) listas: los mejores libros de 2013, las mejores películas, los mejores discos… Miramos atrás y recordamos los propósitos, muchas veces lejanos y ya olvidados, que escribimos un año atrás. Yo tengo una cierta tendencia a redactar numerosas listas en papeles que estoy destinada a perder: post-its, recortes de diarios, trozos de hojas en sucio… Así, al final sólo me quedan confusas y mezcladas listas en mi desorganizada cabeza. Cuando a mediados de diciembre empiezan a publicarse estas conocidas enumeraciones me absorbe el agobio, me sobrepasa la cantidad de libros que no he leído este año, películas que me faltan por ver… y me pongo como una loca a hacer de nuevo listas y a comprar libros en una suerte de trance extático, que se van apilando sobre mi mesa.

Sin embargo, quería hablar de los libros que sí he leído este año. También sentía que podía aportar mi granito de arena, crear mi particular top 10 de lecturas, así que hice una lista. La perdí. Luego escribí otra, en una nota del móvil, que me dediqué a retocar cada vez que recordaba otra lectura entrañable, de manera que la enumeración que hay hoy en esa nota probablemente sólo comparta un título con la original que apunté en primer lugar.

Ante esto, he tirado la toalla, al menos por este año, con respecto a lo de hacer mi lista de mejores lecturas de 2013. Y he pensado en hablar en uno, concretamente, de los libros que más he disfrutado este año. Se trata del libro del americano Peter Cameron, Algún día este dolor te será útil, publicado en España por Libros del Asteroide. En la estela de la tradición americana liderada por el archiconocido Holden Caulfield de Salinger, Cameron nos presenta a un joven anti-héroe como protagonista: James Sveck acaba de terminar sus estudios de high school y pese a que ha sido admitido en la prestigiosa universidad de Brown, lo único que desea es quedarse en casa de su abuela leyendo libros, lejos de toda relación social.



A través de sus ojos durante un caluroso verano en Manhattan, donde trabaja en la galería de arte dirigida por su inestable madre, conocemos un nuevo retrato de Nueva York, el del joven desorientado ante la inmensidad de la gran manzana, metáfora del mundo caótico que Sveck tanto teme. Una familia desestructurada, la aspiración a una vida bucólica y el psicoanálisis son algunos de los temas que Cameron aborda con una delicadeza inusitada.
Lo que en mi opinión más caracteriza esta breve novela que toma su título de una cita de Ovidio (“Sé paciente y duro; algún día este dolor te será útil”)  es su ligereza, uno no puede evitar sonreír al leer el sarcasmo de este peculiar joven, y se termina tan rápido que uno no puede evitar imaginar que es de James tras el final de la novela, imaginando las peripecias por las que el protagonista pasará en la siguiente fase de su vida.

Para los perezosos, la novela ha sido adaptada al cine (no he visto todavía la película) y pueden ver el tráiler aquí. Si todavía no saben qué lectura regalar este año que pronto llegará a su fin, Algún día este dolor te será útil es “apta para todos los públicos” (de hecho en Estados Unidos se etiquetó equivocadamente la novela como Children’s & Young Adult’s).
Yo mientras, seguiré leyendo listas de los libros del año, y anotando todo aquello que me falta en otras listas que de nuevo, probablemente, perderé. Así que hagan sus listas, de deseos, de propósitos, y si las hacen de lecturas, incluyan esta. Feliz entrada de año.


jueves, 28 de noviembre de 2013

Después de la universidad... ¿Qué?

 Muchos de los que nos encontramos casi a las puertas de finalizar los estudios universitarios nos sentimos a veces asaltados por una sensación de vértigo (en ocasiones paliada por el consuelo de que ahora, como mínimo, deberemos tener tres masters y un doctorado para ser aptos y laborables, por lo que nuestros estudios sin duda se alargarán). De repente pensamos en el vacío existencial que nos aguarda al girar la esquina. Una vez graduados, nos sentimos y se nos considera adultos. Y nos entra el inevitable horror vacui. ¿Hemos hecho la carrera que debíamos? ¿De verdad queremos trabajar aquí toda la vida? ¿Y si lo dejamos todo y nos vamos de mochileros por el mundo?

Así se sienten los jóvenes protagonistas de una de las últimas novelas del americano Jeffrey Eugenides, La trama nupcial (Anagrama, 2013).


Si algo está claro acerca de Jeffrey Eugenides es que al autor no no le gustan los temas banales. Su literatura tiende a lo complejo, oscuro, morboso. En sus obras trata aspectos como el suicidio, el hermafroditismo o la enfermedad mental. Conocido por novelas como Las vírgenes suicidas) o Middlesex, me adentré por primera vez en su mundo con esta intrincada novela.

Gracias o por culpa de su extensión (casi 600 páginas, la novela tiene muchos ejes temáticos. Aparentemente, es una novela de coming of age, que arranca con la graduación de la joven Madeleine Hanna en la prestigiosa universidad de Brown, para seguirla a través de su entrada en el mundo adulto, en el matrimonio, y en las tribuladas relaciones humanas.

En esta primera etapa nos deleitamos con las descripciones de la vida de campus. La acomodada vida de los alumnos de la Ivy League, los elitistas seminarios y fraternidades, y recorremos de mano de Madeleine el enclave de la universidad de Brown en la armoniosa Rhode Island. Madeleine conoce a Leonard, un apuesto e inteligente estudiante, en un curso avanzado de semiótica, y se enamora locamente de él. Avanzamos a trompicones por la historia de su relación amorosa, ya que la acción arranca con una escena in media res, en los momentos previos a la graduación de la promoción de Brown- y pocos días después de que Leonard haya dejado a la protagonista. Conocemos al mismo tiempo a Mitchell, un chico modélico que lleva toda la carrera tratando en vano de lograr el amor de Madeleine. Se nos presentan los conservadores padres de la protagonista. Todo esto en una tan plácida como intensa primera parte.

Pero partir de la graduación la novela toma un cariz muy alejado de la tranquila vida de campus universitario. Leonard es ingresado en un centro psiquiátrico, Madeleine acepta volver al lado del convaleciente y Mitchell se va a la India y a recorrer el mundo en una suerte de año sabático, con la esperanza de encontrarse a sí mismo y de enterrar su desdichada pasión por Madeleine.

La trama nupcial es por ello también una novela sobre el psicoanálisis, sobre la depresión crónica y los males del siglo XXI. Es una obra en la que los protagonistas son antihéroes, pequeños seres desorientados en el mundo que les ha tocado habitar. Enamorados de la idea de estar enamorados que han leído en los libros de otros siglos (de ahí “la trama nupcial”), buscando una religiosidad que los acerque a la beatitud (Mitchell en la India aspirando a ser la madre Teresa).
Y sin embargo, frustrados siempre en sus desesperadas búsquedas.

Eugenides configura un portrait americano, nos muestra las oscuridades del nuevo siglo delicadamente en ocasiones, crudamente en otras. Habla desde la subjetividad que le otorga el uso de una estructura poliédrica- la potente voz de Madeleine se contrapone a la historia de Mitchell, pero también entendemos los sentimientos de Leonard, o vemos a través de los ojos del padre de Madeleine la estampa familiar, tan alejada de lo que habrían imaginado.

En muchos aspectos similar a la magna Libertad de Jonathan Franzen, la novela de Eugenides incurre también en los mismos errores. La extensión es, a mi parecer, excesiva (los puntos destacados de la trama se entenderían igual si tuviera 150 páginas menos) y la historia de la enloquecida persecución del ascetismo por parte de Mitchel, así como algunos de los pasajes de la enfermedad de Leonard, pueden llegar a resultar tediosos.

Pese a ello, La trama nupcial merece una lectura, como mínimo, por parte de los estudiantes de último curso o de los recién graduados. Mientras uno recorre sus 600 páginas no puede dejar de preguntarse que habría hecho de estar en el lugar de los protagonistas, o si, llegado el momento, tomará también las decisiones cruciales equivocadas.




martes, 29 de octubre de 2013

"I wanted to write a novel of a spy on the spy". El polifacético Ian McEwan

Hace tiempo que tenía en mente escribir una entrada 'otoñal'. Tras considerar varias opciones de comentario, llegué a la conclusión de que configuraría una "lista de lecturas para el otoño". Esa estación que avanza a trompicones, el impasse entre las antípodas del calendario. Hay algunos libros que nacen claramente para el verano. Las lecturas de piscina, de hamaca. Y otros que, pese a no ser necesariamente invernales, parecen concebidos sólo para ser leídos en invierno. Los fríos, los crudos, los excesivamente deprimentes, los oscuros.

Así, tenía medio preparada mi mini-lista de lecturas para el otoño para colgar hoy, cuando me he encaminado hacia la biblioteca Jaume Fuster en Barcelona para asistir a la presentación de uno de los títulos que todavía estaba en interrogante (¿es de otoño o más de invierno?, ¿debería posponer su reseña?). Se trata de la nueva novela del británico Ian McEwan, Operación Dulce.

Conocer a un autor tiene aún hoy (donde la línea que divide el espacio privado del público es más que difusa) una especie de misticismo. Uno pone cara, ojos, voz y manos al ente que ha creado esos universos en los que se ha deleitado. Así, a pesar de que conocía la imagen, la bio y las obras esenciales de McEwan, estaba concentrada y expectante ante la ponencia-entrevista (conversaba con Antonio Lozano) que estaba a punto de presenciar.

McEwan es un British en toda regla. Es educado y elegante, de porte tranquilo y gestos apacibles. Y también es muy ingenioso. Ha empezado ofreciendo una retrospectiva de su vida. Desde su sesentena, ahora mira hacia atrás para ver sus obras de juventud como una mezcla de su genio personal de entonces pero también y sobre todo como un producto de su tiempo.

Operación Dulce es en apariencia una novela de espías. La narra en primera persona una apuesta jovencita llamada Serena Frome, que se gradúa sin pena ni gloria de matemáticas en Cambridge y a la que una serie de circunstancias conducen a ser reclutada por el MI5. Corren los años de la guerra fría y el estado general de la capital británica es la confusión. En la fría sede del servicio de inteligencia, Serena empieza como una administrativa más- McEwan explica que decidió hacer femenina la voz protagonista al descubrir que las mujeres no podían ascender de los puestos más básicos en los servicios de inteligencia.
Pero la protagonista siente pasión por la lectura. Pasa sus horas libres devorando libros. Le gustan las historias sencillas, al estilo de Jane Austen. Los finales felices, las que acaban en boda. Y es precisamente su esta afición la que la encumbra a un inesperado ascenso en el MI5: queda al cargo de la misión llamada en clave 'Operación Dulce'. Deberá conseguir que un joven escritor de Brighton, Tom Hailey, acepte ser subvencionado por una fundación tapadera, desde la cual el servicio secreto pretende que el autor llegue a triunfar y represente un emblema y triunfo del anti-comunismo.

Así arranca una compleja historia de amor. Amor de Serena por Tom, amor de Tom por la escritura. Amor del propio autor a sus textos de juventud, que pone bajo la pluma de Tom. Amor a sus amigos y compañeros literarios, a los que alude en la novela. Pero Operación Dulce es un tomo mucho más sofisticado que una novela de género. 

Ciertamente está la trama del espionaje, pero el autor hace uso de las convenciones de ésta para jugar con el lector, que debe ser en todo momento avispado y desconfiado. Es una novela sobre el lector y sobre cómo leer, y es, claramente, una metáfora del proceso literario. 

Le he preguntado a Ian McEwan hasta qué punto tenía en mente su propia obra y esta reflexión sobre la escritura. Me ha contestado que ciertamente teorizar sobre la ficción, el proceso de escritura, es importante. Pero que no es suficiente. Que hay que ir más allá. Que la finalidad de la literatura es investigar la naturaleza humana. Y que hay diversos modos de hacerlo, y aquí había explorado uno, combinando la descripción realista y naturalista con los elementos metaliterarios de las vanguardias. 

McEwan considera a este respecto que "we can never be the same again after Joyce". Pero también que el siglo XIX nos dejó muchas cosas importantes, como la importancia de los detalles, y que sería una auténtica tragedia perderlas.

Podría alargarme y duplicar con reflexiones y comentarios los cinco folios de notas que he tomado durante la conversa. Del mismo modo podría divagar ad eternum sobre los diversos niveles que presenta su estupenda nueva novela. Pero no es éste el lugar.

Operación Dulce es una novela de madurez, en la que todas las piezas encajan con la suavidad que sólo el haber leído y escrito mucho otorgan. Tiene, en la edición española en Anagrama, 393 páginas. Y consigue que uno llegue, dividido entre el deleite de seguir leyendo y la picardía por conocer los secretos de la(s) trama(s), rápido al final.

En cuanto a McEwan, que gustosamente se ha quedado a dedicar libros al final de la sesión, lo dejo citado en sus propias palabras, describiendo lo que había contestado hace pocos días a un taxista londinense a la pregunta de "what do you write about?"

"I write about love and sex and music and science and landscape and human nature. That's how I would like to be remembered."

Es probable que para disfrutar de todos estos McEwan's deba entrar más a fondo en su obra (sólo he leído Expiación, Chesil Beach y Operación Dulce), pero después de hoy, lo haré encantada.

La lista de libros otoñales llegará a su tiempo, mientras, viajen de la mano de este encantador británico a Londres, a la Guerra Fría, a los libros que acaban en boda y a los que nunca llegan a ser publicados. Es un buen inicio otoñal.



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